En casi todos mis talleres
de escritura acaba apareciendo la misma pregunta: «¿Puedo utilizar
la inteligencia artificial para escribir?».
Las
respuestas de mis alumnos suelen dividirse en tres grupos. Algunos
quieren saber si pueden emplearla para documentarse o resolver dudas
durante el proceso de escritura. Otros ya la utilizan, aunque muchas
veces sin criterio, y eso termina reflejándose en sus textos:
pierden naturalidad, repiten estructuras y su voz queda diluida.
También están quienes se niegan a abrir una aplicación de IA
porque sienten que hacerlo resta valor a su trabajo como escritores.
Comprendo
las tres posturas porque vivimos un momento de incertidumbre para
quienes escribimos.
Imagen
creada con IA
Cada
vez aparecen más noticias sobre concursos literarios que
descalifican obras tras detectar un uso indebido de la inteligencia
artificial o después de sospechar que el texto no procede del
trabajo personal del autor. Esa situación ha generado un efecto
inesperado: muchos escritores empiezan a preguntarse si escribir
demasiado bien puede despertar sospechas.
Resulta
paradójico. Durante años nos esforzamos por perfeccionar nuestro
estilo, ampliar nuestro vocabulario, pulir cada frase y eliminar
cualquier error. Hoy algunos autores llegan a preguntarse si una
prosa demasiado limpia, demasiado fluida o demasiado correcta puede
jugar en su contra.
Entiendo
ese miedo, pero creo que no debemos escribir peor para parecer más
humanos.
La
inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Podemos ignorarla,
criticarla o intentar prohibirla, pero ninguna de esas opciones
cambiará la realidad. Forma parte de nuestro presente y también
formará parte del futuro de la creación literaria.
Los
escritores siempre hemos utilizado las herramientas que teníamos a
nuestro alcance. Antes acudíamos al diccionario de la Real Academia
Española, consultábamos un diccionario de sinónimos, pasábamos
horas en bibliotecas o buscábamos en Google el dato histórico que
necesitaba una escena, el nombre de una planta, el modelo de un arma
o el adjetivo que mejor expresaba una emoción. Nadie cuestionaba por
ello la autoría de una novela.
La
inteligencia artificial representa un paso más en esa evolución.
Puede acelerar la documentación, ofrecer alternativas, plantear
preguntas útiles o ayudar a ordenar ideas. Eso no convierte a la
herramienta en autora de la obra, del mismo modo que Google nunca
escribió una novela por nosotros.
El
verdadero debate no debería centrarse en si un escritor utiliza
inteligencia artificial, en si la obra transmite emociones o no.
Mientras la historia, la estructura, los personajes, el estilo y la
emoción nazcan del autor, la obra seguirá siendo suya.
Concursos,
editoriales y lectores tendrán que adaptarse a esta nueva realidad.
Igual que aprendimos a convivir con internet, con los procesadores de
texto o con los correctores ortográficos, aprenderemos a convivir
con la inteligencia artificial. La cuestión ya no consiste en
decidir si debemos usarla o no, sino en aprender a utilizarla con
criterio, honestidad y responsabilidad.
Porque
la literatura nunca ha dependido de una herramienta. Siempre ha
dependido de la mirada personal del escritor.
Después
de responder durante meses a las preguntas de mis alumnos, he llegado
a la conclusión de que el problema no es la inteligencia artificial.
El problema es el uso que hacemos de ella.
Cada
vez que alguien me dice que ha escrito una novela con ayuda de la IA,
siempre hago la misma pregunta: «¿Quién ha tomado las decisiones
importantes?». Porque ahí está la diferencia. Una herramienta
puede proponer un giro argumental, sugerir un diálogo o encontrar
información en cuestión de segundos, pero nunca sabe qué historia
necesitas contar ni por qué quieres contarla. Esa parte sigue siendo
exclusivamente tuya.
Con
frecuencia veo escritores que copian el primer texto que reciben. A
simple vista parece correcto. Las frases están bien construidas,
apenas hay errores gramaticales y todo resulta bastante fluido. Sin
embargo, basta leer unas páginas para descubrir que algo falla. Los
personajes hablan casi igual, las descripciones suenan previsibles,
aparecen ideas repetidas y el relato pierde esa personalidad que hace
que una novela permanezca en la memoria del lector.
Es
normal. La inteligencia artificial trabaja con probabilidades.
Escribe aquello que estadísticamente tiene más posibilidades de
funcionar. Un escritor, en cambio, muchas veces encuentra la mejor
frase precisamente donde nadie la esperaba. Ahí aparece el estilo.
Ahí nace la literatura.
Por
eso nunca recomiendo empezar una novela preguntándole a la IA qué
escribir. Antes conviene tener claro qué queremos contar, quiénes
son nuestros personajes, cuál es el conflicto y qué emoción
buscamos despertar. Cuando existe esa base, la herramienta puede
convertirse en una magnífica compañera de trabajo. Incluso puede
llevarnos la contraria, hacernos preguntas incómodas o mostrarnos
caminos que no habíamos contemplado. Pero siempre debemos conservar
el timón.
Tampoco
conviene olvidar que la inteligencia artificial se equivoca. Confunde
fechas, cambia edades, altera detalles de un personaje y, en
ocasiones, inventa datos con una seguridad asombrosa. Si el escritor
baja la guardia, esos errores acaban formando parte del manuscrito.
La revisión sigue siendo uno de los trabajos más importantes de
nuestro oficio.
Hay
otra cuestión que me preocupa mucho más que esos errores: la
pérdida de la voz propia. Si todos utilizamos las mismas
herramientas de la misma manera, acabaremos escribiendo libros que se
parecen demasiado entre sí. Y la literatura nunca ha avanzado
gracias a quienes escribían como los demás. Siempre ha evolucionado
gracias a quienes encontraron una forma distinta de mirar el mundo.
La
inteligencia artificial puede ayudarte a documentarte, a ordenar
ideas, a desbloquear una escena o a encontrar información que antes
exigía horas de búsqueda entre libros y páginas web. Yo misma la
utilizo para determinadas tareas. Lo importante consiste en recordar
que una herramienta nunca sustituye al artesano.
Al
final, lo que conmueve al lector no es una frase impecable desde el
punto de vista técnico. Lo que permanece es la emoción de quien la
escribió. Ningún algoritmo ha vivido tus pérdidas, tus alegrías,
tus dudas o tus recuerdos. Ningún algoritmo conoce esa conversación
que escuchaste en un café y terminó convirtiéndose en un
personaje, ni ese paisaje que todavía aparece en tus novelas muchos
años después.
La
inteligencia artificial seguirá evolucionando y nosotros tendremos
que aprender a convivir con ella. Al final, el lector nunca se
enamora de un algoritmo. Se enamora de una voz, de una emoción, de
una historia que parece escrita solo para él. Y esa historia siempre
empieza igual: con un escritor sentado frente al ordenador, dispuesto
a dejar una parte de sí mismo sobre la página.